Honduras y la Brigada Médica Cubana: memoria, dignidad y gratitud

Hay momentos en los que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Lo que ocurre hoy en Honduras con la Brigada Médica Cubana no es un simple trámite administrativo ni una discusión técnica. Es una prueba de memoria y de dignidad. Desde 1998, tras el huracán Mitch, médicos cubanos acudieron al llamado en una Honduras devastada. No eligieron comodidad. Se internaron en montañas sin carretera, en comunidades indígenas, en aldeas donde la atención médica especializada simplemente no existía. Allí dieron continuidad a pacientes que nunca antes habían visto un especialista. Para algunos eso puede parecer exagerado; para quienes viven donde un saco de sal es sustento y riqueza, no lo es. En esas comunidades no se habla de ideología. Se recuerdan rostros y nombres. Se recuerda al ginecólogo que estuvo presente en un parto complicado cuando la vida de una madre dependía de minutos. Se recuerda al internista que diagnosticó a tiempo y certeramente. Se recuerda a quien caminó horas para llegar donde nadie más llegaba. Muchas de esas vidas hoy sonríen agradecidas. Decenas de miles de hondureño/as recuperaron la vista gracias a intervenciones oftalmológicas que eran impagables para la mayoría. Otros fueron trasladados a Cuba con todos los gastos cubiertos (avión, hospitalización, cirugías, medicamentos, seguimiento) para recibir tratamientos que aquí no estaban disponibles o que ninguna familia trabajadora podía costear. Eso ocurrió. Sin exhibición pública. Sin convertir el dolor en espectáculo. Además, cientos de jóvenes hondureñas y hondureños de sectores empobrecidos recibieron becas completas para formarse como médico/as y especialistas. Años de estudio que transformaron destinos personales y familiares y que hoy forman parte del sistema de salud de este país. Si alguien quisiera reducir todo esto a números, tendría que sumar cada tratamiento cubierto, cada traslado pagado, cada profesional formado, cada año de presencia médica en territorios donde nadie más estaba. Y probablemente descubriría algo incómodo: que la balanza moral no estaría del lado de quienes hoy señalan y que la deuda con Cuba no se puede cuantificar. Lo que incomoda no es un contrato. Incomoda que la salud se ejerza como derecho y no como negocio. Incomoda que un especialista pueda estar en una montaña y no únicamente en una clínica privada. Incomoda que exista una práctica solidaria que demuestra que otra forma de hacer medicina es posible. Muchos de los médicos hondureños formados en Cuba hemos vivido desconfianza y descalificación por haber estudiado allí. Es parte de la historia reciente. Pero ni la sospecha ni el ruido político cambian lo esencial. En las comunidades más humildes, tierra adentro, la memoria es clara. Allí no se debate si valió la pena. Allí se sabe quién estuvo cuando más se necesitaba. Y también es profunda la vergüenza de ver cómo se intenta poner bajo sospecha lo que fue ayuda concreta y vidas salvadas. Honduras puede revisar acuerdos. Puede redefinir relaciones. Eso forma parte de su soberanía. Pero no debería desconocer el bien recibido ni permitir que se convierta en sospecha lo que fue presencia solidaria. Porque detrás de cada beca, de cada médico que caminó nuestras montañas y de cada paciente trasladado para recibir tratamiento, hubo un pueblo que compartió no lo que le sobraba, sino lo mejor que tenía. Un pueblo que decidió extender la mano aun en medio de sus propias limitaciones. Eso no es retórica. Es memoria viva en miles de familias hondureñas. Por eso hoy expreso mi respeto y mi agradecimiento a la Brigada Médica Cubana y al pueblo de Cuba. Que viva Cuba digna y solidaria Marylin Hernández Pereira /Médica hondureña graduada en Cuba.