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Carlos Roberto Reina: cien años de una tradición de lucha

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Carlos Eduardo Reina

Abogado y Político
Hoy, 13 de marzo, se cumplen cien años del nacimiento de Carlos Roberto Reina Idiaquez, mi tío. Recordarlo no es únicamente evocar a un expresidente de la República. Es recordar una vida dedicada a la defensa de la democracia hondureña y, al mismo tiempo, una historia familiar profundamente entrelazada con la historia política de Honduras.

Para comprender quién fue Carlos Roberto Reina hay que mirar mucho más atrás que su presidencia.

Hay que remontarse al siglo XIX, al tiempo en que Francisco Morazán, el gran paladín de Centroamérica y máximo héroe hondureño, encabezó el proyecto liberal que buscaba transformar a la región en una república moderna, libre de las estructuras coloniales y abierta a los principios de libertad, ciudadanía y justicia.

Ese liberalismo morazanista fue un liberalismo revolucionario, inspirado en las grandes transformaciones políticas del mundo moderno, particularmente en las ideas que impulsaron la Revolución Francesa. No era un liberalismo acomodado al poder, sino una corriente histórica que aspiraba a transformar profundamente la sociedad.

En esa tradición se inscribe también José de los Santos Reina, morazanista convencido y padre de tres jóvenes que, a mediados del siglo XIX, se vieron envueltos en las luchas entre liberales y conservadores que marcaron los primeros años de la República hondureña.

La historia de aquellos jóvenes quedó recogida hacia finales del siglo XIX por M. de Adalid y Gamero en su crónica titulada Aventuras de tres hermanos. En ella se relata cómo Pedro Reina Bustillo, Antonio Reina Bustillo y José María Reina Bustillo, siendo todavía muy jóvenes, fueron capturados por fuerzas conservadoras en medio de aquellas luchas políticas.

Según el relato de Gamero, los tres fueron condenados a muerte y colocados frente a un pelotón de fusilamiento. Cuando los soldados dispararon, los fusiles no funcionaron: la pólvora se había mojado por la lluvia.

Pero aquel momento no terminó allí. Mientras los soldados intentaban reorganizar el fusilamiento, fuerzas liberales irrumpieron en el lugar y lograron liberarlos, impidiendo que se repitiera la ejecución.

Gamero presenta ese episodio como un momento casi providencial de la historia: aquellos jóvenes que estuvieron a punto de morir fusilados terminarían convirtiéndose años después en figuras relevantes de la vida nacional.

Y así fue.

Pedro Reina Bustillo, agrimensor, dejó su huella en la propia ciudad capital al diseñar el Cementerio General de Comayagüela y participar en el trazado de sus calles.

Antonio Reina Bustillo, mi bisabuelo, se convirtió en un abogado prominente, ampliamente respetado en su época, llegando a ocupar los más altos cargos del poder judicial.

Y José María Reina Bustillo siguió la carrera militar hasta alcanzar el grado de general, llegando posteriormente a ocupar la Vicepresidencia de la República durante el gobierno de Terencio Sierra.

Aquellos jóvenes perseguidos de mediados del siglo XIX no solo sobrevivieron a las luchas de su tiempo. También contribuyeron a construir las instituciones y la vida pública del país.

En la siguiente generación aparece Antonio Reina Castro, mi abuelo, recordado como un hombre íntegro y profundamente democrático. Durante la larga dictadura del general Tiburcio Carías Andino, cuando el Partido Liberal fue proscrito y sus dirigentes perseguidos, mi abuelo mantuvo viva la organización liberal en condiciones extremadamente difíciles.

Durante años debió vivir prácticamente en la clandestinidad, incluso escondido dentro de su propia casa para evitar la persecución política, mientras el candidato presidencial liberal Ángel Zúñiga Huete permanecía en el exilio.

La lucha democrática de la familia Reina tampoco fue solamente una historia de hombres.

En esa misma generación destacó también Dolores Reina Fiallos, conocida como Lolita Reina, quien junto a Visitación Padilla protagonizó la lucha sufragista que abrió el camino para que las mujeres hondureñas conquistaran sus derechos políticos.

También en esa generación aparece otra figura que quedó grabada en la memoria política del país: el general José María Reina Fiallos, conocido como “Chema Reina”, hijo del general José María Reina Bustillo y hermano de Lolita Reina.

La tradición familiar recuerda que Chema Reina nunca fue derrotado en el campo de batalla por las fuerzas conservadoras. Incapaces de vencerlo militarmente, sus adversarios recurrieron finalmente a la traición. Invitado a una supuesta negociación para poner fin a la guerra civil, fue trasladado en un avión cuyos pilotos abandonaron la aeronave en pleno vuelo, dejándola sin combustible hasta que terminó estrellándose. Así murió el general Reina Fiallos, no vencido en combate, sino víctima de un engaño.

En ese ambiente de lucha política y defensa de las libertades se formó la generación de Carlos Roberto Reina Idiaquez, junto a sus hermanos Mario Reina Idiaquez y Jorge Arturo Reina Idiaquez, mi padre.

Los tres crecieron en un país marcado por dictaduras militares, persecuciones políticas y profundas desigualdades sociales.

Carlos Roberto Reina conoció desde muy joven el costo de la lucha democrática. En 1944 fue arrestado por participar en protestas contra la dictadura de Carías. Aquella experiencia marcaría su vida y consolidaría su compromiso con los derechos humanos y el Estado de derecho.

Mi padre, Jorge Arturo Reina Idiaquez, también recorrió ese camino. Participó en luchas universitarias, enfrentó persecuciones políticas en distintos momentos de la historia centroamericana y dedicó su vida al pensamiento, a la universidad y a la política.

Su hermano mayor, Mario Reina Idiaquez, acompañó esa lucha desde las estructuras del Partido Liberal, formando parte del Consejo Central Ejecutivo del partido en una época en la que el liberalismo hondureño representaba una corriente profundamente comprometida con la transformación democrática del país.

En ese contexto histórico se formó la figura de Carlos Roberto Reina Idiaquez.

Abogado, académico, defensor de los derechos humanos y finalmente presidente de la República entre 1994 y 1998, llegó al poder con una idea que resumía su visión política: la necesidad de una Revolución Moral en el Estado hondureño.

Hoy esa idea cobra una vigencia aún mayor.

En las últimas décadas, especialmente después del golpe de Estado de 2009, Honduras ha vivido un profundo deterioro moral de su vida pública. Hemos visto cómo la polarización política ha sido utilizada por sectores conservadores para justificar abusos que en otras circunstancias serían inaceptables.

Con tal de impedir que gobiernen quienes ellos llaman “comunistas”, han justificado golpes de Estado, fraudes electorales, reelecciones ilegales, persecución política y violaciones a los derechos humanos y laborales.

Esa acusación no es nueva.

A Carlos Roberto Reina y a mi padre también los acusaron de comunistas en su tiempo, simplemente por defender derechos sociales y por sostener posiciones democráticas frente a los poderes establecidos.

Hoy esa misma acusación se repite contra quienes estamos comprometidos con los cambios que Honduras necesita.

Por eso recordar a Carlos Roberto Reina en este centenario no es un ejercicio de nostalgia.

Es un recordatorio de que la democracia hondureña nunca ha sido un regalo. Ha sido el resultado de generaciones que estuvieron dispuestas a enfrentar dictaduras, persecuciones y campañas de desprestigio para defender la libertad.

Esa es la tradición que heredamos.

Una tradición que nace en las luchas morazanistas del siglo XIX, que atravesó las batallas liberales del siglo XX y que sigue planteando hoy el desafío de construir una Honduras más justa.

Yo mismo me siento parte de esa historia.

Porque las convicciones que sostuvieron a aquellas generaciones siguen siendo hoy las mismas: la defensa de la democracia, la justicia social y la dignidad del pueblo hondureño.

Honrar la memoria de Carlos Roberto Reina no es solamente recordar su vida.

Es continuar la lucha por la que él vivió.

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